Por Ramiro Escobar *
Salvo algunas pataletas mediáticas recientes (como la ley que dispone el cese de algunos diplomáticos veteranos y las declaraciones del canciller sobre EEUU), el tema de cómo serían las relaciones exteriores del debutante gobierno de Gana Perú no está, ni estuvo durante la campaña, en el ojo central de las turbulencias. Entonces, se agitó el cuco “chavista”, los presuntos apapachos con Cuba o Bolivia, pero nada que sea esencial.
Es más: en las sucesivas “hojas de ruta” o promesas escritas el asunto casi ni se menciona, lo que evidencia que hay aún algo de aldeano en nuestro imaginario político. Pasados los primeros 100 días de la “gran transformación”, sin embargo, asoman algunas coordenadas básicas que, para comenzar, apagan algunas histerias anti-bolivarianas y, por otro lado, delinean una tendencia versátil, múltiple, de cara al resto del mundo.
La premisa fundamental, alzada por el propio canciller Rafael Roncagliolo o por Alberto Adrianzén (hoy vicepresidente del Parlamento Andino), es clara: “una política exterior desideologizada”. Nada de arrumacos excesivos con nadie por afinidad de ideas o praxis política. Ni con Hugo Chávez, ni con Sebastián Piñera, ni con José Mujica, ni siquiera con Barack Obama. Bienvenidos todos/as, si se desea una sana relación bilateral.
Bajo el paraguas de esa supuesta neutralidad, hay decisiones que, hasta ahora, se han mantenido enhiestas, como el respeto a los TLC’s o la no inclusión en la rumbosa Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), mal que le pese a algunos apocalípticos. Eso sí: un interés mayor, superior al del “indoamericano” Alan García por lo menos, en el barrio regional, en instancias como UNASUR, la CAN y el MERCOSUR.
Ese pequeño giro, nada copernicano, tiene, según sus promotores, una razón práctica y no antiimperialista: un 20% de nuestro intercambio comercial circula por esa zona, que es especialmente propicia para nuestras PYMES, que pueden entrar a esos mercados sin las exigencias rigurosas que les clavan a nuestros productos en la UE o EEUU. De hecho, en cierto modo, ya apuntamos a ser los “reyes del alambre” y otros productos en el barrio.
Ese énfasis latinoamericano iría paralelo con otras movidas de corte político, aunque linkeadas con el tema económico. Por ejemplo, en vez de alentar la dispersión en la CAN, las autoridades peruanas estarían asesorando a Bolivia y Ecuador para que, finalmente, se animen a cerrar el acuerdo comercial con la UE, que Perú ya terminó de negociar. La idea inamovible es promover políticas conjuntas y, nuevamente, “no pelearse con nadie”.
Ni con el Arco del Pacífico (México, Chile, Colombia y Perú), ni con EEUU, ni con Rusia, ni con Venezuela, ni con los países árabes, de acuerdo a fuentes de la propia Cancillería. Sobre el terreno, empero, no será fácil, incluso en el cotarro sudamericano, llegar a acuerdos felices, ya que las ópticas económicas son bastante distintas hasta para dejar entrar la carne de cerdo, como nos ocurrió hace poco con Ecuador.
Con EEUU, más allá de la paranoia desatada por el nombramiento de Ricardo Soberón en DEVIDA, que al parecer alarmó más a la fauna política local que a la internacional, no hay mayor novedad negativa en el frente. Las declaraciones del Roncagliolo insinuando que el “gran país del norte” ya no es la gran prioridad tampoco han ocasionado terremoto alguno afuera, y sería algo extraño que aparezcan en un wikileaks futuro.
¿Qué pasa con Brasil, la sombra exterior que flotó sobre la campaña? Ahí sí parece haber una cercanía casi tropical. Se le considera un socio estratégico vital, geográfico, con proyección. Tiene fuertes inversiones en nuestro país y megaproyectos en cartera, como la represa de Inambari y las demás que implican el Acuerdo Energético que firmaron Lula y García. Estar con el gigante, además, nos cobija incluso en clave de Defensa.
No pregunten entonces por qué fue la primera estación de la gira del lustroso presidente electo, apenas se confirmó su elección, algo que trascendería la mera presencia de asesores a ritmo de samba en la campaña. El discurso de Cancillería al respecto es que se trata de un socio indispensable, con el que hay que saber negociar. El asunto será, a la hora de las decisiones, qué tanto se concede a una potencia emergente, en verdad ya real.
Para terminar, solo un ataque de delirius tea party criollo sostendría la idea de que el llamado a acabar con el bloqueo económico a Cuba, el apoyo al Estado Palestino, o un acercamiento con la República Árabe Saharahui (algo que se vendría), implican una suerte de cambio revolucionario en la política exterior. Son guiños que se pueden encontrar en el África, en Europa, en Asia, en el propio barrio latinoamericano.
De modo que, en el frente externo, se puede decir que no estamos en más de lo mismo, pero tampoco en clave del “socialismo del siglo XXI”, si es que eso aún afiebra a algunos despistados. ¿Qué esto puede cambiar y que lo dicho por el presidente Humala en Paraguay marca el rumbo? En política exterior no hay que ser ingenuos, pero todo indica que esos arrebatos solo sobreviven en el discurso y no en las carpetas de Cancillería.
(*) Columnista de Internacionales del diario La República, colaborador de varias publicaciones internacionales y profesor de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
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